miércoles, 29 de julio de 2009

Perfil de vida de Rafael Ramos

Rafael Ramos
“NACÍ EN CUBA, TENGO CUIDADANÍA NORTEMERICANA Y ME SIENTO
CIEN POR CIENTO CHILENO”


Por María Cristina Romero

Rafael Ramos (La Habana, Cuba, 1949), economista, que en 1961 a la edad de doce años abandonó Cuba con el fin de evitar el servicio militar obligatorio, que todos los hombres de entre trece y veintisiete años debían realizar. Llegó sólo a Chile y vivió durante toda su estadía en la casa de un pariente. En Santiago, cursa su educación secundaría en el Liceo 11 de Las Condes y de 1968 hasta 1970 estudió Economía en la Universidad de Chile.

En 1970 abandonó sus estudios y se fue a España con su esposa, una chilena con la que se casó un día antes de partir. En ese país permaneció durante dos años en los que por ser ilegales estuvieron escondidos y además estudió en la Universidad Complutense de Madrid. En 1972 se marcha con su mujer a Estados Unido y por cerca de un año y medio permanece y trabaja en la clandestinidad por estar indocumentado. Dicho país le concede una visa de asilo político durante cinco años, luego la residencia por un periodo similar y finalmente la ciudadanía. En Norteamérica retomó sus estudios en las universidades de New Jersey City University (1973-1974) y New York University (1975-1976).

En el ámbito profesional (sin contar sus múltiples empleos para sobrevivir, que llegaron hacer hasta 3 a la semana de día y noche), comenzó en el departamento de contabilidad de la naviera Prudencial Lines ex Grace Lines (1974-1978), una de las más grandes del mundo y al cabo de cuatro años llegó a ser vicepresidente de finanzas de la compañía. También trabajó en un importante banco estadounidense llamado Irving Trust Co. (1978-1987) del que fue vicepresidente para América Latina, hasta que en 1987 (año en que obtuvo la nacionalidad), renunció y regresó a Chile. En la actualidad vive en Santiago, está divorciado de su esposa, no tiene familia alguna y se dedica a las inversiones.

Me encuentro en el Metro estación Baquedano y entre la multitud mi contacto me señala a Rafael. Jamás me lo hubiera imaginado tal y como es; ojos azules, tez blanca, cabello negro, bien arreglado y vestido de manera formal con un traje de color plomo. Más me evoca al típico oficinista chileno, que al prototipo de cubano que estoy acostumbrada a ver en los medios de comunicación. Es amable y caballeroso, me saluda, y hace algunas preguntas no tan sólo por cortesía, sino que demuestra un genuino interés.

Nos dirigimos a su departamento, ubicado en uno de los tantos edificios que está frente a la Escuela Militar. El living es bastante amplio, todo allí es de grandes proporciones, empezando por una enorme mesa de centro rodeada por algunos sillones y sofás. El ambiente es sobrio, las paredes son de color blanco invierno, uno que otro cuadro y adorno de arte moderno componen el mobiliario y una tenue música acompaña nuestra conversación.

Frente a nosotros la vista es perfecta. A través de un ventanal se ve la imponente cordillera de Los Andes que tanto maravilla a Rafael y es parte de la geografía que lo hace amar Santiago: “me gusta que haya cordillera con nieve y el mar al otro lado, poder moverme entre temperaturas muy bajas y estar a la orilla del mar en una hora de diferencia”.

Se define como “sociable, inquieto, semiintrovertido, absolutamente trasnochador, trabajador y estudioso”, características a las que puedo agregar una seriedad y una franqueza inquebrantable al momento de referirse a ciertos temas. Al principio extraño en él un poco el sabor del Caribe. Pero a medida que avanza la entrevista sus respuestas y personalidad me hacen olvidar la esencia cubana que esperaba encontrar y me dejo llevar por este sobreviviente de las migraciones.

La Revolución Cubana fue el hecho que definió su vida. Por un lado, lo alejó de sus padres siendo todavía un niño y produjo en Rafael una negación absoluta por aquel país, al punto que afirma que ni siquiera lo considera un recuerdo y que “emocionalmente Cuba no existe” para él. Pero a la vez, le permitió descubrir una cultura de la que es un eterno enamorado y por la que fue capaz de dejar hasta a la mujer con cual había compartido su vida. Si bien el quería formar una familia, no concebía hacerlo en ningún otro lugar del mundo que no fuera Chile. Tampoco Estados Unidos logró conquistar a este hombre, aunque vivió y trabajó muchos años allí y en teoría es uno más de ellos -por su nacionalidad- la ve como una sociedad igual de violenta que la cubana.

Toda su vida ha sido un migrante y en este ir y venir por el mundo ha dejado por el camino muchas cosas y personas, por ejemplo, su familia. Esto es lo que me interesa conocer de él, como lo hizo para vivir de un lado para otro, que pasa con la identidad, como se enfrentan estas situaciones y que tiene de mágico Chile para él.

-¿Vio a sus papás luego de salir de Cuba?
-Mis padres salieron en el año 1964 y llegaron a Chile con mucha dificultad. Acá estuvieron hasta la misma fecha que yo en el año 70, de allí entraron a Estados Unidos y nos reunimos nuevamente en Nueva York en el 72. En 1979 fueron a Miami y nunca más volvimos a vivir juntos, ya fallecieron.

-¿Cree que si hubiera llegado a los 20 o 30 años a Chile se habría adaptado igual?
-No es lo mismo, porque a esa edad específica de los doce años tú estás en un cambio profundo en tu vida, de ser un niño a ser un adulto y por lo tanto probablemente me fue más fácil. Es más, cuando salí de Chile en el 70 nunca más me acostumbré en otra parte y he estado en todas partes del mundo y no me acostumbré para nada no me gustó a tal punto que volví.

-¿Qué sintió al llegar a Chile?
-Curiosamente yo llegué a Chile en el 61 a los doce y lo tomé muy bien. A pesar de mi edad, a mi no me gustó lo que estaba pasando en Cuba, a mí personalmente, no a mis padres. Al llegar a Chile me encontré con una cultura parecida y distinta a la vez y la verdad es que me agrada mucho hasta el día de hoy.

-¿Cómo se hace para sobrevivir en distintos lugares?
-Yo personalmente me he adaptado en todas partes, en todas partes viví y eventualmente me fue muy requete bien, quizás por una condición natural mía. Hay gente que yo he visto que se puede adaptar muy bien y otra que no es capaz. Eso si yo para adaptarme sacrifiqué toda en la vida, no tengo hijos, no tengo nada. Entonces la adaptación es un cúmulo de cosas en las que tú tienes que tomar decisiones drásticas constantemente todos los días. Y la verdad es que yo en toda mi vida pensé que no me podían derrotar, por lo tanto no me dejo derrotar y eso significa que luché constantemente para sobreponerme, busqué la forma de adaptarme a pesar de que las circunstancias eran contrarias a mí. No tuve nacionalidad hasta que cumplí casi 30 años.

-¿Sintió alguna vez la sensación de desarraigo?
-Siempre.

-¿Cómo se vive el no tener nacionalidad?
-Se vive ingeniándotelas, siendo más inteligente que los otros.

-¿Qué le parecieron las otras culturas que conoció?
-Las culturas bien, lo que yo veo es más una cosa de fondo, de piel, que a ti te atraen más una cosas que otras. Yo no sólo viví dos años en España y 15 en Nueva York, además he viajado el planeta completo muchas veces. Pero me gustaron una serie de cosas que tiene la cultura chilena, que acá no gustan, pero que a mí me encantan.

-¿Cómo definiría al chileno?
-El chileno es muy apocado, es muy gris. La cultura no es prepotente, a pesar de que aquí se piense lo contrario. Tiene ciertas costumbres o las tenía, porque te voy a decir que en 50 años Chile ha cambiado mucho, ya no es lo que era. Pero en aquel entonces, era muy tranquilo, a pesar de que se piense o contrario, aquí no pasaba nada, exceptuando el periodo de la UP y lo que vino luego de éste, Chile era como una taza de leche, a diferencia de hoy donde algo está empezando a pasar. Además a donde quiera que yo iba, ya sea en el país que nací y en los que estuve era todo lo contrario.

-¿A qué país cree pertenecer?
-A Chile absolutamente.

- Entonces, ¿para usted la patria no es el lugar en que nació, sin no en el que vive y le gusta vivir?
-Es que para nadie la patria debería ser el lugar donde nació, no tiene ningún sentido. Es como cuando a los presidentes les exigen haber nacido en un lugar para ser presidente. O puede ser que una persona pasaba por allí en una avión o barco y su hijo nació allí, pero no tiene nada que ver con su cultura. La patria debe de ser aquello que tú realmente sientes profundamente en tu alma.

-¿Qué es Cuba para usted?
-Nada

-¿Ni siquiera un recuerdo?
-Nada, desgraciadamente para mí emocionalmente Cuba no existe, porque a mí me produjo una persecución constante en mi vida hasta el día de hoy. Porque para mí que no hice nada Cuba es lo que me ha perseguido toda la vida. No sabría que rescatar de la isla, pero los cubanos como personas son muy perseverantes y luchan por superarse.

-¿Cómo habría sido su vida sin la Revolución Cubana?
-Habría estado todo el día en la playa, tal vez (ja, ja, ja).

-¿Qué significó Estados Unidos para usted?
-No mucho tampoco, no me gusta la cultura americana en general. Es muy parecida a la cubana, sumamente violenta, aunque la gente es violenta por naturaleza. En Estados Unidos Bush manda tropas al resto del mundo y Fidel Castro también lo ha hecho, son exactamente iguales, por lo tanto, ninguna de las dos me agrada.

-Lo que usted busca es estar alejado de la violencia.
-Siempre.

-¿No hubiera sido más interesante para un economista vivir en una potencia mundial, que un país subdesarrollado?
-No, para mí no, porque a mí no es la plata lo que me mueve, sino las ideas.

-Y en este ir y venir por distintos lugares, al hecho de formar una familia ¿que importancia le dio?
-No, muchísima.

-¿Pero hoy en día usted no tiene familia?
-No porque yo me casé con la niña que pololeaba de lolo. Estuvimos 14 años juntos, nos llevábamos sumamente bien, pero desgraciadamente yo la llevé Nueva York y allí ella encontró su cuento en el diseño y me pidió que no volviéramos a Chile por esa razón. Pero yo quería volver y como íbamos por caminos distintos me separé y nunca más logré rehacer mi vida, porque con esa niña que conocí cuando teníamos 14 años hice mi vida, o sea, éramos iguales, con ella pasé tantas cosas en la vida que me ha sido imposible formar una familia, que es lo que yo quería hacer en Chile y tampoco ha aparecido la persona que me vuelva a producir eso.

-¿Y el haber sido un migrante constante no contribuyó a ello?
-No, lo que yo pasé con mi esposa fueron vivencias demasiado fuertes, yo sacrifiqué todo para que los dos nos pudiéramos ir y tratáramos de desarrollarnos como personas y formar una familia en Chile y no en Nueva York.

- Después de todo lo que ha vivido ¿cómo definiría la identidad?
-La identidad uno la va desarrollando en el tiempo de acuerdo a lo que va sintiendo. Los seres humanos a veces encuentran su lugar de vida en otra parte y se identifican más con esa otra parte que con la que nacieron. Hay un dicho que dice que nadie es profeta en su tierra. La identidad uno la define básicamente de acuerdo a como sientes. El ámbito de nacimiento tampoco es determinante, eso es lo que yo te diría que es la identidad; es donde tú te sientes más cómodo y mejor acogido. Yo por ejemplo, nací en Cuba, tengo ciudadanía norteamericana y me siento cien por ciento chileno, es toda una mezcla y mi carnet de identidad dice residente en Chile, ciudadano norteamericano, nacido en Cuba.

- Volvamos a Chile, ¿piensa que por ser el chileno “sumiso” puede convivir en armonía con una personalidad fuerte como la suya?
-No solamente eso. El hecho de haber nacido en Cuba, donde es otra cultura mucho más violenta y haber nacido en una guerra, probablemente instintivamente busco un lugar más tranquilo. Además tengo una capacidad de percepción formidable para lo bueno y para lo malo y en el año 64 dije que éste país iba a hacer el primer país de latinoamericana. Siempre se dónde voy a estar en 20 años más y hace 20 años también lo sabía. Este es el Chile de hoy, el primer país de América Latina y por lo tanto, siento una satisfacción inmensa de comprobar lo que yo pensé toda mi vida. Tal vez esa conjunción de cosas fue lo que me llevó a quedarme acá, a adaptarme y a que me gustara enormemente.

-¿En 10 años más se ve aquí?
-Sí, yo me veo aquí muerto, eso es lo que me gustaría realmente. En Chile puedo estar con todo el espectro humano y me siento exactamente igual, puedo estar en lo mejores lugares o en los más modestos de éste país y me siento a gusto, cosa que en otros países no me pasa. Generalmente a los chilenos no les gusta Chile, la gente nacida aquí no lo aprecian y los extranjeros sí. Yo me siento mucho más chileno que un chileno, porque mi chilenidad es por elección y no por nacimiento. Mucha otra gente que viene de otros países piensa igual que yo y optan por quedarse. Algunos vienen de los países más desarrollados o de los menos desarrollados y de esos conozco miles, de miles.

-¿Qué cosas típicas le gustan de Chile?
-El clima de Santiago para mí es el mejor clima en que he vivido. A la gente en Chile no le gusta Santiago a mí me fascina. El aire es seco, la temperatura refresca en las noches, no llueve nunca, no hay viento, lo primero que me gustó son esas características climáticas. También la geografía de Santiago. Las comidas no tanto, Chile no es un país gastronómicamente rico. Algunas comidas chilenas me gustan, pero son pocas las que yo aprecio realmente, por ello, como mucha comida de afuera. La gente, todo tipo de gente me gusta, acá en general son sumamente tranquilos. Puedo pasearme por todo Santiago como lo hago a cada rato caminando o en bicicleta y no me pasa nada.

-¿EL chileno no valora su país?
-No, el chileno tiene una cultura insular y hasta hace treinta años atrás era una isla. Tenía el desierto por un lado, la cordillera, la Antártica y el Pacífico por otros. Aquí prácticamente nadie había cruzado la cordillera en esa época y de hecho la gente no sabía que existía un país llamado Chile, es un hecho. Por lo tanto, había una cultura muy insular entonces todo lo de afuera era muy bien visto por los chilenos, lo que fuera y no se apreciaba lo de acá.

-¿Una cultura producto de la geografía?
-Claro, absolutamente. Además porque que era un país demasiado pobre lo que viniera de afuera era apreciado y siempre hubo una cultura de lo externo. Entonces se produce la típica pregunta del chileno –se refiere al porque extranjeros querrían vivir en Chile- ¿porque acá? y no lo entienden. Hay algunas cosas de acá que gustan mucho.


martes, 28 de julio de 2009

Perfil de vida de Alfredo Lewín

Alfredo Lewín Arroyo:

"EL ROCK ES MI PERFIL, MI FORMA DE VIDA"

Por Yasna Araya

Alfredo Lewín Arroyo (Santiago, Chile, 1969) es licenciado en literatura por la Universidad Católica, pero jamás ha ejercido la profesión. Estudió en la Escuela nº50, República Israel, hasta sexto básico y luego en el Instituto Nacional.

Hijo de Gloria Arroyo Monet y de Alfredo Lewín, se marchó de casa a los 12 años. En 1992 fue contratado por la cadena internacional de MTV y residió en Miami hasta 1999. Ha trabajado en televisión (Canal Rock and Pop, Red, UCV, TVN, Mega, MTV, VH1 y ViaX) y en radio (Concierto, Futuro, 40 Principales, Universidad de Chile y Rock & Pop).

Casado dos veces, Diego y Josefina son fruto de su primer matrimonio. Tras volver de Estados Unidos, se embarcó en un innovador proyecto musical en multimedia. Así nace Rockaxis (2000) como un sitio en Internet dedicado al rock, que juega con el formato televisivo y radial. Al año siguiente se lanzó al mercado la revista, que lleva el mismo nombre, convirtiendo a Rockaxis en un espacio comunicacional multisoporte, también llamado “El universo del rock”, que sigue vigente.


Es un hombre que ha dedicado los años más importantes de su vida a la difusión del rock en diversas áreas comunicacionales, y eso lo refleja en toda su forma de ser. Viste pantalones negros con finas rayas blancas y una polera de manga corta, color café oscuro. Lleva zapatos negros y bajos, similares a unas sandalias, que no cubren la parte trasera y dejan ver sus talones. En su muñeca izquierda usa una pulsera de cuero con pequeñas puntas metálicas, y en la derecha un plateado reloj forma


Lo observo descender las escaleras de Iberoamerican Radio Chile, holding que alberga a Rock and Pop, con su celular Motorola Rocker en una mano y en la otra una taza de café. Nos sentamos en una banca de madera, en el patio del edificio, y en unos minutos me convenzo de que las palabras en Alfredo son más que abundantes.
Proyecta una quietud y una amabilidad pocas veces vista. Cuenta que está acostumbrado a las entrevistas y que incluso le agradan, pero que la mayoría – casi asegura que todas – se han referido al ámbito del rock, de modo que las respuestas que entrega están casi memorizadas. Con una personalidad y espíritu propios, lleva años afirmando que existe una identidad rockera.

Ha vivido muchos años solo. Su padre murió cuando él tenía tres años y estuvo alejado de su madre y de su hermana (Claudia) mientras vivió en Estados Unidos. Esta soledad generó que cada instante de felicidad, incluso el conocerse a sí mismo, estuviese ligado con pertenecer a un grupo: “para mí el rock se convirtió en lo esencial desde el momento en que escuché AC/DC, Devo y Metallica; el rock me hizo encontrar a un grupo de gente a la que yo me entregué y entre la que me cobije”.

Muchos – incluyéndome – saben que Alfredo Lewín es una de las personas que más sabe de rock en Chile, que ha entrevistado a grandes músicos alrededor del mundo, como al fallecido Kurt Cobain, líder de Nirvana. Pero, ¿qué hay detrás de este hombre de cabello castaño y despeinado?, ¿qué dicen aquellos ojos café que intentan ocultarse tras sus gafas con marco negro?, ¿cómo se perfila la vida de Alfredo al otro lado del micrófono o de las cámaras?
“El rock me hace pertenecer a algo y me hace sentir que es mi perfil, definitivamente lo es, con todo lo ambiguo que pueda ser. Cada vez que me preguntan qué es el rock, yo digo que es una forma de vida, una forma más o menos irresponsable, más o menos madura, pero es una forma de vida y es la mía”.


– ¿Qué te gustaba hacer cuando niño?

– Me gustaba jugar a las escondidas, jugar a la pallalla con piedras -juego que recuerdo mucho de la escuela en que me eduqué los seis primeros años- y a la pichanga, el fútbol. Lo de leer viene más del niño adolescente, como a los 12. La verdad es que siempre fui más introvertido, pero como me metía en este tipo de mecánicas de juego pasaba piola. Yo me imagino que era un poquito más para dentro.


– ¿Cómo eran tus amigos?

– Me recuerdo de un par, que eran mis mejores amigos del edificio de Compañía con San Martín, y es bien divertido porque sus nombres, Edwin y Donald, suenan como unos tipos que no se repiten hoy ni fueron de antes. Parece que el papá era medio gringo y tenían en común conmigo que él también estaba ausente y era una mamá que criaba a los dos niños. Ellos fueron mis grandes amigos de chico, ni siquiera creo que haya sido por afinidad, sino porque éramos los únicos en ese edificio que teníamos la misma edad. Los grandes amigos creo que empezaron a llegar de séptimo en adelante, en el colegio, pero de niñez son esos dos personajes de apellido Berríos.


– ¿Conservas recuerdos gratos de tu infancia?

– No sé, considero que no fui tan feliz cuando era niño, digamos que por esa razón es bastante lógico explicarte por qué me fui de la casa a los 12 años. Seguramente no tuve una niñez muy buena, así que no la guardo como con grandes celebraciones ni recuerdo muchos cumpleaños, sólo que me gustaba jugar no más. Para mi, jugar era como evadir, era como escaparme a hacer una cosa que realmente me gustaba porque no me gustaba estar en la casa, ni siquiera viendo tele, prefería estar solo y generalmente en la casa no estás solo cuando eres niño.


– ¿Rescatas algo de tu época escolar que te haya marcado?

– Yo creo que el instituto me dio un poquito más de herramientas para moverme, no solamente en la vida sino que moverme en el contexto social, de conocer gente, y de pronto convertirme en un tipo más despierto. Me gustaba ir al colegio y me iba bastante bien. Se me recuerda como un tipo que era medio mateo, que convenía sentarse al lado mío, y yo no era ñoño ni perno como para no ayudar. Yo no me creía mateo, me imagino que estudiaba harto pero también ponía atención en clase. Creo que hacía lo justo y recibí en notas más de lo justo, porque arriba de un 6 (nota) en el instituto era un verdadero logro. A veces, cuando uno dice que es buen alumno se revela también otra faceta de tu personalidad, si eres medio nerd, si eres para dentro.


– ¿Y fue algo en tu personalidad que te motivó a estudiar literatura?

– De todas maneras, pero también la identificación con dos profesores del instituto, de castellano y de literatura española, los encontraba unos tipos muy cool. En particular, yo creo que me gustaba esa cuestión media volátil que tiene el profesor, que cuando hace una clase está dibujando un ensayo sobre la pizarra, y quería pensar que eso era lo integral del conocimiento: la literatura. Por tanto yo siempre me vi, en la mejor de mis posibilidades de trabajo, como un profesor. Pero, a mis 17 años, malentendí que la pedagogía en castellano era algo menor que la licenciatura en literatura, y por cierto que a mi me gusta la literatura, pero la licenciatura me permite ser ensayista, investigador, escritor o profesor de universidad, no me permite hacer clases en el colegio como mis profesores. Y más encima me metí a la Católica, que era una universidad muy poco jugada con respecto a la literatura, que tiene algo como revolucionario y que la Católica veía como muy cuadradito, todo formadito. Pero lo empecé a pasar muy bien en la universidad, me encantaba el campus oriente y la verdad tú te vas quedando en los lugares no por tu rendimiento académico, sino cuando te das cuenta de que perteneces socialmente ahí y te sientes bien.


– ¿Hoy tienes algún lugar favorito para relajarte y descansar?

– Definitivamente mi casa o cualquier casa ajena donde haya un patio. Yo soy muy de casa pero de patio, de tierra, de pasto. Incluso necesito de un libro o música para poder asumir que estoy en otros lugares, o la misma atmósfera de la música o del libro me puede llevar a otros lados y a situaciones gratas. No tengo ninguna fijación, no tengo los lugares precisos, creo que los puedo proyectar. Mi casa me gusta, me da harta buena vibra y, si fuera por mi, no me movería de ahí en todo el día. Eso sí, creo que no he perdido ese carácter que tenía desde niño y prefiero estar solo. Entonces cuando se van mis niños el fin de semana o la Nancy se va a trabajar, me quedo como "¡ah, que rico estar solo!”. Me carga cuando está la nana porque está ahí todo el día y en definitiva soy de estar solo, me gusta estar solo.


– ¿Hay algo que te haga feliz o de lo que te sientas orgulloso?

– Tengo el hábito de no esperar mucho de nada y tomo las cosas con ene naturalidad, entonces, cuando suceden las cosas te llegan como grandes sorpresas y en la sorpresa, que es una reacción natural, hay risa y felicidad. Cuando pasan cosas choras (buenas), aunque sean pequeñas, y siguen pasando hasta el día de hoy, me hacen sentir muy orgulloso. Esos son momento de celebrar y ojalá todos los días, o bastante a menudo, uno tuviera razones por las que celebrar.


– ¿Y cómo reaccionas cuando algo no te resulta?

– Siempre mi reacción ante la frustración y hacia el enojo ha sido con una rabia como que masticas, que te la tragas. Yo creo que es también por la madurez y por la edad que lo empiezo a ver más reflexivo. Pero hay una gran verdad en que "las cosas pasan por algo", incluso trato, más que amargarme, de buscar la típica cuestión que dicen de que te cerraron una puerta pero se abrió una ventana. Y me han pasado un par de cosas malas que recuerde, como el revés que causó la caída de la Concierto y mi periodo laboral tan precario del año 99 – 2000 o el desastre económico en el recital frustrado de Anthrax en el 2005, donde perdí 25 millones. En ese momento yo aprendí que esto no puede ser tan malo y, efectivamente, esas catástrofes me llevaron a tomar otras decisiones que hicieron que hoy esté en el buen estado en que creo estar. Considero que de esos dos grandes malos momentos han surgido buenas cosas como la creación de Rockaxis, que ha persistido y pervivido durante ocho años, que no es mucho tiempo pero igual no es poca cosa.


– ¿De qué crees que depende que las cosas resulten?, ¿es suerte, mérito propio tal vez?

– A veces me parece que las cosas resultan porque estabas ahí, tal como la ley de la vida, que estás en el lugar preciso, en el momento preciso, y llegas y te subes al tren que viene camino. Creo que es una conjunción de ambas cosas, aunque tiendo a bajarle el perfil al mérito porque hay personas que tienen mucho mérito y se esfuerzan por lograr algo pero fracasan rotundamente. Entonces, la suerte de estar en el lugar preciso es lo que hace toda la diferencia. Efectivamente uno se encuentra con tipos empresarios de mucha influencia y que son unos pelotudos, absolutamente cuadrados, poco imaginativos, cero onda, y seguramente están ahí por un tráfico de influencias, cuestión de suerte y no de mérito.


– ¿Cómo se desarrolla uno de tus días?

– La verdad es que no tienen una lógica muy definida. Puedo ir a la oficina de Rockaxis, en Américo Vespucio con Diagonal Oriente, pero a veces pasan semanas en que no voy porque está linqueada directamente desde cualquier computador y el trabajo de Rockaxis no es necesariamente de papeles, muy formal. Entonces, puedo estar en el café de la esquina y si estoy con un computador al lado es como que estuviera en la oficina. Si no voy a la oficina puedo navegar durante horas o pasar toda la mañana escuchando muchos programas de radio, porque esta generación de podcast (archivo de audio digital) me cambió absolutamente el ánimo de escuchar radio. Mientras tanto, también puedo hacer cosas de la casa, como barrer o darle comida a la perrita, o hacer cosas puntuales, como seguir descansando o entrar en esa especie de flujo de la conciencia, donde se te puede ocurrir algo creativo que puede servirte para escribir o para mostrar algo en la radio.


– Pero tener un programa radial en hora fija requiere, en cierta forma, que programes tu día...

– De todas maneras, o sea, desde las dos de la tarde hasta las seis, esas cuatro horas son sagradas para mí todos los días, y menos mal que están porque le dan sentido al día. Pero la mañana tiene esa otra rutina de estar surfeando de la cabeza, surfeando escuchando podcast o qué sé yo. También, los días martes grabo cosas para Rockaxis tv que, en el fondo, eso es ir a un lugar, de siete a nueve de la noche, ver música en vivo y conversar con músicos. Los fines de semana puedo tener la rutina mas desgastante de todas que es estar con los niños y eso implica que estés buscando complacerlos a ellos, entretenerlos, que en todo caso no es una cosa que recienta, sino que la encuentro agotadora. Y generalmente los jueves y viernes tengo, por obligación o por placer, muchas cuestiones que tienen que ver con conciertos y eso es salir de noche. Uno dice "es que lo tengo que hacer porque estamos en un ciclo, porque toca esta banda para lo de rock and ron Mitjans, o lo de Jack Daniels o lo de Escudo” y, considerando que todas son cosas alcohólicas, termina en carrete. Entonces, tengo una vida que alguien diría "bueno, pero igual es súper relajado", y sí, es relajado, pero a su manera tiene su estrés. De hecho, si yo el programa lo hiciera solo, sería capaz de grabarlo, mandarlo y que se edite pero, obviamente, uno viene a un lado a trabajar porque también es importante el contexto físico.


– Entonces, ¿te sientes más cómodo trabajando solo?

– Sí, yo prefiero trabajar solo. Obviamente soy bien honesto, en el sentido de que no puedo esconderlo, y estoy haciendo hoy día un programa que a mi no me acomoda, porque es parte de mi naturaleza que me guste hacer las cosas solo. Yo tengo claro como lo quiero hacer y a quien puedo complacer haciendo las cosas a mi manera, pero cuando trabajas con un productor, como en este caso, él cree saber como hay que complacer a la gente y tú tienes que hacer lo que él dice. Pero igual en estos 4 - 5 meses he aprendido harto con respecto a la estructura más periodística de un programa y todo eso, al tiempo que me voy acostumbrando. Al final, estoy absolutamente conforme con lo que elegí trabajar, encuentro que soy súper afortunado de hacer lo que hago y me encanta, me encanta.


* Perfil realizado en mayo de 2008.


Perfil de vida de Alicia Obregon

Alicia Obregón, funcionaria Universidad de Chile:

"MI SUEÑO SERÍA VIVIR EN UNA PLAYA,
DONDE PUDIERA
LEER Y MIRAR EL MAR”
Por Yasna Araya

Alicia Obregón Guerrero (Melipilla, Chile) lleva 33 años dedicada a la asistencia social. Estudió pedagogía en historia en la Universidad de Chile, pero luego de un año, optó por cambiar de rumbo e ingresó a la carrera de servicio social en la misma casa de estudios. Es la mayor de cinco hermanos y cursó la enseñanza media en el liceo fiscal de Melipilla.

Tiene dos hijos: un cientista político de 31 años y un estudiante de sociología de 19 años. Ellos se criaron bajo el alero de la tecnología, en cambio, Alicia recuerda su infancia con las andanzas en bicicleta, los juegos de balón y las competencias con camioncitos de plástico.

En 1976 comenzó a trabajar como asistente social en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Desde el año 2007 desempeña el mismo cargo, esta vez, en el Instituto de la Comunicación e Imagen de dicha institución. Actualmente vive en La Florida, junto a su marido y su hijo menor.

Alicia es una mujer sencilla. Se expresa de forma cálida y agradable, busca las palabras más adecuadas y jamás borra la sonrisa de su rostro. Viste de manera formal: un blazer color gris, un sweater verde oscuro, una falda negra que cubre más allá de sus rodillas y zapatos de taco. En su muñeca izquierda lleva un reloj platinado, y en la derecha una pulsera de oro.

Es temprano y me animo a golpear la puerta de su oficina. Me recibe de inmediato y con una buena disposición pone en marcha la conversación. El teléfono suena una y otra vez y Alicia siempre contesta, atiende a todas las personas que se acerquen a hablarle.

Ha trabajado siempre en lo mismo, es su vocación y la ejerce en todos los ámbitos de su vida. Es solidaria y noble como pocos, dedica nueve horas diarias a resolver – o por lo menos lo intenta – los problemas de los estudiantes que acuden a ella.

No precisa su edad, dice que tiene “¡Muchos años!, no soy abuela todavía pero si soy bastante mayor”. Sin embargo, tiene la energía para realizar muchas actividades durante la semana. Hace siete años que practica yoga junto a su marido, donde asiste a clases cada lunes y jueves. Los sábados por la mañana toma clases de ingles “con un grupo de viejos igual que yo”.

Sus angustias y problemas los alivia en el jardín, poda sus rozas, corta el pasto y riega las plantas. Otra de sus distracciones favoritas es la lectura, “Me gusta leer, García Márquez es uno de mis favoritos, aunque también leo hartos libros de historia”.

- ¿Cuando regresa a su casa, luego de la jornada laboral, ¿qué es lo primero que hace?
- Mira, los lunes y jueves llego a ponerme buzo y a esperar a mi marido para ir a yoga porque vamos juntos. Los demás días llego, que sé yo, a acostarme, a leer el diario, a ver televisión un rato, después llega mi hijo de la universidad y tengo que prepararle comida porque él si que come…

- ¿Y le gusta cocinar?
- Sí, me gusta mucho cocinar. Hace muchos años, unos diez ó doce o a lo mejor más, que no tengo empleada, porque me encanta cocinar. Preparo postres, guiso, aprendí a hacer queques y hago recetas que de repente intercambio con otras amigas. Y a mi me gustan todas las comidas, la comida chilena, el charquicán, la cazuela, el cochayuyo, cosas que no le gustan a mucha gente. No soy vegetariana, pero si como muy poca carne.

- ¿Qué cosas la hacen sentir bien?
- Yo soy feliz con mi familia, con mi marido, con mis hijos, con mi madre, con mi trabajo…

- Es muy agradable oír que a alguien le gusta su trabajo…
- Si, es que yo lo paso muy bien aquí, me río mucho con los chiquillos. Aquí hay todo tipo de alumnos, entonces, tú ves a algunos chiquillos que estudian con mucha dificultad, que tienen muchas carencias pero que aperran. A mi me hace muy bien el contacto con chiquillos jóvenes, me río con ellos, me cuentan sus problemas, sus sueños. Yo tenía una preocupación cuando entre el año pasado, de pensar si los chiquillos me iban a acoger bien porque yo ya tengo mis años, te fijas, podrían ser perfectamente mis hijos. Estaba esa preocupación, pero no, los chiquillos son súper acogedores, son súper auténticos y transparentes. Me gusta mucho trabajar con los estudiantes.

- ¿Qué pasa cuando la situación que los estudiantes viven esta más allá de lo que usted puede hacer?
- Eso es una cosa que uno aprende con los años, con la experiencia. Algunos problemas de los chiquillos me siguen dando vueltas después en la casa en la noche, o en la mañana cuando me estoy bañando. Pero la mayoría de los problemas tienen solución por alguna parte, buena, regular, pero tiene solución, y algunos chiquillos están mejor dotados sicológicamente para luchar y batallar, y otros se apoyan en uno. Por eso tenemos el servicio medico, es verdad que en las políticas sociales siempre son escasos los recursos pero aquí uno trata de encontrar la solución.

- ¿Ha tenido siempre la misma disposición de ánimo, tan alegre?
- Sí, yo soy así, a pesar de que, como todo el mundo, también tengo problemas. Mi problema más importante en este momento es mi mamá y su alzheimer. Ella tiene 83 años y hace como cinco años que está con alzheimer. Siempre tuvo una relación muy especial conmigo, entonces, yo tuve que decidir, junto a mis otras hermanas, que mi mamá ya no podía seguir en su casa porque ella ya no es autovalente, hay que hacerle todo. Eso me produjo una pena muy inmensa, tuve un duelo muy grande cuando decidí eso, pero con el tiempo he visto que fue la mejor decisión porque ella está bien, uno la ve y está en otro mundo, como una niñita, se ríe, está feliz. Yo siempre estoy preocupada de ella, la tengo una residencia donde hay puras señoras y queda cerca de mi casa, estoy a 10 minutos en auto. La pena que yo tuve ya se me pasó porque la veo que está bien.

- ¿Para que las cosas resulten en la vida, se necesita suerte, esfuerzo…?
- Yo soy más optimista, creo que si uno se busca las oportunidades las encuentra, y si uno trabaja y mira la vida de manera positiva, finalmente, le tiene que ir bien. Yo no soy de una familia adinerada ni mucho menos, soy de una familia de clase media, mis papás trabajaban los dos, y todos tuvimos la oportunidad de estudiar, de ir a la universidad, eso quisieron mis papas. Nosotras, las tres hermanas, somos profesionales. Mis otros hermanos no fueron profesionales porque eran súper desordenados: mi hermano chico se casó cuando salió de cuarto medio porque la polola estaba esperando guagua, te fijas, pero no porque no se les dio la oportunidad a todos. Yo pienso que, como en todas las cosas, tiene que haber un pichintun de suerte, pero yo creo que es trabajo, es esfuerzo, es empeño.

- ¿Cómo se ve en los próximos años?
- Yo no me veo como jubilada. Pero en algún momento tendré que jubilar, pienso que, a lo mejor, cuando mi hijo termine la universidad o, no sé, después de que se hagan todos los cambios que se van a hacer en el campus, no sé, pero no me veo dejando de trabaja. Yo creo que si no sigo trabajando en mi profesión voy a seguir haciendo cualquier cosa que me ocupe el tiempo y me permita seguir activa.

- ¿Y qué le gustaría hacer?, ¿dónde le gustaría estar?
- Mira, a mi me gusta mucho Coquimbo, pero también me gusta el sur. En verdad, el sueño mío, si alguna vez me jubilo y me retiro, sería vivir en una playa donde pudiera leer y mirar el mar. No sé si se podrá cumplir, pero ese es mi sueño.

Crónica urbana, metro Bellavista de La Florida y alrededores

Un recorrido que jamás termina

VAGABUNDO DE ESFERAS COLECTIVAS

El hombre moderno se desplaza entre flujos de personas y galerías de comercio. Se entrega a los manjares alimenticios, admira los avances tecnológicos y enloquece ante los precios bajos. Invierte y se divierte. Deambula por los espacios públicos, aquellos que sólo cobran vida cuando él pone en marcha sus pies a través de los pasillos, los ojos en los productos y la mano en el bolsillo.

Por Yasna Araya

Es extraño ver una estación de Metro vacía en estos días. Un par de personas cargando su tarjeta bip! en las boleterías, tres más apoyados en las barandas metálicas que rodean todo el lugar. Bellavista de La Florida huele a goma quemada, dulce y suave, casi grata, como al acercar un malvavisco al fuego. De vez en cuando suena el freno del carro y acto seguido, decenas de hombres y mujeres cruzan las puertas metálicas que guían hacia las cuatro salidas posibles. A esta hora, cuando el hambre provoca temblores estomacales imposibles de ocultar, muchos toman el rumbo a Mall Plaza Vespucio.

El cruce entre el Metro y el mall es un espacio pensado en saciar los bajos instintos glotones del hombre. Pasteles, tortas, galletas artesanales, chocolates, helados, completos y papas fritas, son el mejor anzuelo para capturar a aquel viajante que –con dolor– debe contener su frenética mano que busca un billete en el bolsillo.

“¡Pañuelos!, lleve el pañuelo de moda señorita…”, dice un hombre regordete que ofrece sus coloridos atuendos con brillantes, mientras el varón de la competencia tienta a las damas con sus joyas de fantasía. Ambos tratan de conseguir un cliente que caiga ante su mercancía, sin cortar el rápido flujo del cruce.

En el subterráneo de Mall Plaza Vespucio, junto – o entre – al estacionamiento, existe un mundo que pocos conocen. Es el Underground, una especie de Eurocentro pero con menos tiendas y más recursos. En el centro, el piso está cubierto por un gran estampado donde cuatro rostros miméticos reflejan distintos estilos juveniles. El resto de los pasillos son baldosas negras y marfil, mientras que los muros están pintados con coloridas formas abstractas. Y para resaltar aún más este contemporáneo escenario, el techo se compone de focos circulares, un gran tragaluz, y en ciertos rincones cuelgan pequeños pero poderosos parlantes.

Huele a cigarro. Dos jóvenes mujeres han juntado un par de bancas de madera y fuman acostadas. Doy por hecho que es zona de fumadores, aunque bien poco podría hacer aquel guardia que coquetea con una de las vendedoras de turno.

Muchos pasan de prisa y se miran al espejo que hay junto al estampado, tal vez buscan identificarse con alguna de las caritas pintadas. La mayoría fluctúa entre los quince y veinte años, visten tenidas urbanas y llevan bolsas de multitiendas. Un locutor en off presenta a Cold Play en radio Mall Plaza y entre la música que emerge, aviento una mirada rápida a las decoradas tiendas de comics, skaters, poleras estampadas, una pletórica de chapitas y atuendos animé y otra con grandes chaquetas, zapatillas vistosas y gorros de rapero americano.

Uno de los inventos más cómodos del hombre moderno son las escaleras mecánicas. En la superficie exterior, primer nivel, el flujo continúa. Las puertas de vidrio de Mall Plaza Vespucio se cierran y abren a cada segundo. Una fuerza interna, mezcla de no sé qué, te empuja al interior de este palacio del comercio. Tal vez sea el deseo de no quedar fuera de las corrientes que fluyen por los pasillos marfilados y brillantes.

El cliente es similar al que recorría Underground, aunque se incorporan otros de mayor edad. En las mujeres priman las carteras, las botas, y las chaquetas con pelos. Los hombres llevan maletines y chaquetas de cuero. Todos quieren comunicarse, me dicen los teléfonos celulares en sus oídos.

Conozco bien este lugar. También he sido de aquellos que flotan entre las tiendas con carteles luminosos y bellas vitrinas, y que se deja tentar por un cartel que enuncia algún porcentaje de descuento, tal como el que ahora me está guiñando el ojo. Algunos dicen que no es fácil transitar por este mall, con dobles caminos y salidas hacia donde quieras, algo así como un asterisco. Para facilitar y dirigir el tránsito, pilar por medio hay un guardia, con chaqueta roja, pantalones y gorro negro, siempre dispuesto a guiarte.

Disculpe, ¿cuál es la heladería más cercana? – le pregunto para ponerlo a prueba –.

Allá, hacia la puerta de entrada, y también aquí, subiendo la escalera hay otra. Yo le recomiendo la del segundo piso – responde el guardia –.


Agradezco su amabilidad y, además, debo admitir que tiene muy buen gusto en cuanto a helados. Al subir la escalera, negros sillones de cuero cobijan a cinco escolares que ríen con ganas. Dos integrantes del grupo se levantan y corren a abrazar a otros dos que salen cargados de bolsas de la tienda Adrenalin, similar a las del subterráneo, y a otras que abundan en el mall, y que comparten el mismo público.

“Conectividad total”, se lee en un panel de madera roja, del que cuelgan seis enchufes distintos para cargar el teléfono celular. Junto a él, unida a él, una mujer cuenta y ordena las tarjetas de crédito en su billetera. Podría jurar que las tiene todas. No se ha dado cuenta de que su hijo se acaba de escapar y corre feliz por los caminos de marfil. Más allá, dos niños juegan con sus manos.

– ¿Eres escritora? – me pregunta con timidez uno de ellos –.

– No… pero si quieres te puedo escribir un cuento – le digo con una sonrisa, procurando no romper sus ilusiones –.


En eso vuelve el pequeño fugitivo y las madres de los tres niños retoman sus puestos. Mientras mi lector se despide meneando su dulce manito a lo lejos, mi mirada lo sigue hasta que choca con siete televisores planos que están en vitrina. Juntos proyectan una imagen casi más nítida que la realidad misma. Los numerosos transeúntes se quedan embelesados con los hermosos paisajes de Venecia, Las Vegas o Brasil.

El patio de comidas está en su hora punta y los vendedores, con sus gorritas que llevan el logo del local, se amontonan para preparar las bandejas. Más de algún cliente reclama porque su pedido tarda en llegar y otros amenizan la espera observando a los peces nadar en sus acuarios, dispuestos en el ala izquierda del recinto.

Al descender la escalera central, el intenso aroma del café cautiva a cualquiera. Starbucks Coffee se apodera de las papilas olfativas y gustativas de los tentados bebedores que no dudan en desembolsar dos billetes verdes, aunque sea por un vaso. Se respira un aire sofisticado y cultural, donde justo al centro convergen la galería del Museo de Bellas Artes, la sala SCD y Cinemark.

Las terrazas de Mall Plaza Vespucio son reconocidas por sus variados y exquisitos restaurantes, y por ser un agradable punto de encuentro. Tres hombres de cabello largo, poleras estampadas y pantalones rasgados, conversan y ensayan con instrumentos imaginarios el repertorio musical que presentarán el fin de semana. Más allá, unos quince pokemones observan la cartelera del cine, al mismo tiempo que una mujer treintañera y delgadísima se pasea con siete grandes bolsas de Gotta.

Entre la atmósfera de schop y carne asada, surge una escalera – también mecánica – con muros de piedra a los costados. En el segundo nivel, un puente de fierro y vidrio que une las terrazas con el mall, permite contemplar el tamaño de la infraestructura y a aquellos que gozan de esta cálida tarde.

Dejo atrás los olores de varios condimentos y regreso a los pulcros pasillos que huelen a frutilla. La radio Mall Plaza sigue entonando suaves acordes mientras un par de mujeres bucea entre los sweaters con descuento y otras modelan refinadas carteras frente al espejo.

Afuera el mundo sigue su curso y los hombres el propio. El sol reemplaza los focos blancos, autos y micros son la música ambiental, el asado muere ante la sopaipilla, el aire de frutillas se cubre con humo de cigarrillo y los pasillos de marfil se transforman en concreto gris. Se respira ciudad, velocidad y maní tostado del Nuts 4 Nuts.

“¿Y hasta cuándo espero aquí?, obligao a pasar con rojo no má po. Y si me atropellan, ¿quién responde?”, se queja un anciano que lleva minutos intentando cruzar la calle, pero el semáforo de Vicuña Mackenna Oriente jamás da luz verde. Prefiero pensar que está descompuesto y que no siempre ha sido así. En ese momento se quebranta la ley y – entre bocinazos – todos atravesamos esquivando los autos.

En la calle El Cabildo no hay distinción entre peatones y automóviles. Ambos circulan libremente, aunque a velocidad reducida. Este paseo comienza con una seguidilla de tres kioscos y sigue por una plaza que, además de rodear la Municipalidad de La Florida, congrega a muchos estudiantes. Frente a ella, un portentoso supermercado Líder le concede sombra a la feria artesanal. Ni hablar de carteras o paquetes multicolores, son mochilas y bolsas negras las que cuelgan de los hombros y manos de los transeúntes.

Huele a incienso de lavanda y a palo santo. Un hombre construye hermosas flores con papeles violetas y scotch. Le siguen las velas, aros, anillos, guantes, gorros, cinturones, chalecos, y mil cosas más. “Pregunte no más señorita…”, me dice más de algún comerciante. Lo mismo sucede cuando leo las portadas de los diarios que enfilados bordean el tronco de un árbol.

El reflejo del sol no permite ver la luz del semáforo de Vicuña Mackenna Poniente y otra vez el cruce ilegal. Un tumulto de voces y una reja de fierro azul, marcan la entrada al Centro Comercial 14. Los pasillos forman una “U”, son angostos y de tierra, pero han sido pisoteados tantas veces que son incapaces de expeler polvo. Los puestos son todos de madera y sus vendedores están de pie fuera de ellos para captar clientes. “¿Qué estay buscando flaca?”, me pregunta un joven muy alto, con la chasquilla liza sobre su ojo derecho y el rostro lleno de pierciengs. “Nada – pienso –, sólo escribo lo que me acabas de preguntar”. Jamás conocerá mi verdadera respuesta.

Se está abriendo un nuevo local y todo el centro comercial huele a pintura fresca. No es fácil transitar cuando tantos jóvenes, ninguno con más de 17 años, contemplan boquiabiertos cómo uno de sus amigos se tatúa la espalda. No me sorprende – y se agradece –que los precios más altos de este centro, sean los más bajos en la mayoría de las tiendas del mall. Llego a la salida y me pregunto ¿qué querrá este pequeño perro color café para que me haya seguido todo el camino?

Vuelvo a atravesar el lado Poniente con luz roja. Unos hombres cuelgan un gran lienzo que enuncia el mundial de fútbol femenino 2008, cuya sede es La Florida. Esta vez el semáforo se detuvo en verde. Otra vez me encuentro ante las pastelerías del cruce entre Mall Plaza Vespucio y el Metro estación Bellavista de La Florida. “¡El-Golden-a-mil-el-Golden-a-mil!”, grita un hombre con mucha rapidez y sin separar las palabras.

Las escaleras, la goma quemada, los cuatro caminos. Ahora escojo la salida a la conexión intermodal. Arrollado primavera, cuchuflín y chocolates, me indican que todavía no concluye el comercio. Me subo a una micro, creo que es la E 14, y me encuentro con un payaso desaliñado y exhausto que vuelve a contar los chistes que repite todos los días. Descubro que es el mismo repertorio – ¿del payaso o del pasajero? – porque casi nadie ríe. Miro por la ventana y veo cómo las ruedas comienzan a moverse. Tres vendedores ambulantes suben a vender bebidas, helados y dulces, mientras los pasajeros hurgan sus bolsillos en busca de monedas que sigan alimentando este vagabundeo sin fin.