miércoles, 15 de julio de 2009

Crónica urbana, de Lampa a Mapocho y luego a Ñuñoa

DEL CAMPO A LA CIUDAD

Primero un sector rural, luego una zona industrial y al fin la ciudad. Todo gracias a un bus interurbano, que es reemplazado por el Metro y por último por una micro del Transantiago que me lleva a la universidad.
Por María Cristina Romero.

Diez minutos de espera y el viento que arrojan los vehículos al pasar, dejan mis manos y rostro congelados. De pronto, diviso el bus que me llevará hasta Mapocho. La máquina a toda velocidad parece no querer detenerse, estiro el brazo con decisión, me sitúo casi al centro del camino, lo suficiente para que el chofer se sienta en la obligación de parar, pero lo justo para que no me atropelle.
Al subir le enseño mi pase de estudiante y, como es de esperar, veo en su cara un gesto de incomodidad. Pago y avanzo lo más rápido que puedo. “Tanto color que le pone y es escolar nada más”, dice el conductor como si estuviera indignado. Las miradas de la gente se clavan en mí durante unos segundos, como pasa cada vez que sube alguien. Al sentarme dejo de ser el centro de atención de quienes buscaban en mí a un conocido con quien conversar.
Afuera se ven algunas casas que de inmediato son reemplazadas por hectáreas de tierras aradas, plantaciones y trabajadores que se disponen a cosechar. Frente a éstas se encuentran la Preserva y la fábrica Nutrición Balanceada, los primeros indicios de una ciudad que busca gobernar el campo. Unos metros más allá pasan a ser un recuerdo, pues de ahí en adelante comienza un sector conocido como Los Espinos. A pesar de unas pocas viviendas, el alumbrado público y unos terrenos baldíos repletos de escombros, alberga un área protegida por el gobierno, que incluye pantanos y potreros que son el hogar de zorros, coipos, patos, garzas, entre otras especies y en donde la mano del hombre no ha intervenido aún.

Termina este santuario y los campos se presentan a sus anchas. Caballos y vacas comen el verde alimento que les ofrece la naturaleza en esta época del año. A ratos, es el gris de cardos marchitos y una hilera de torres de alta tensión quienes se apoderan del paisaje.
Al llegar a Estación Colina, uno de los dos únicos semáforos que hay en Lampa nos detiene y una luz roja indica que debemos esperar allí hasta que pase el ferrocarril. “Mira mamá viene el tren”, expresa con asombrado un niño, mientras observa por la ventana cada uno de los vagones. Al fin cruzamos la línea del tren (que une Santiago y Valparaíso), que está allí desde 1860 –aproximadamente- y por la que si bien hoy sólo transitan trenes de carga, en sus años dorados llevaban también pasajeros.

Un montón de caseríos se despliegan a ambos costados del camino y una gran cantidad de gente sube al bus. A mi lado se sienta una escolar, quien le reprocha a la muchacha que lo acompaña “Pucha Cata te perdiste el medio carrete, fueron todos los chiquillos”. La aludida, un poco afligida, le cuenta: “Lo que pasa es que mi mamá llevó a mi hermano al médico y como mi abuela no puede estar sola, me tuve que quedar con ella”. Junto a la Cata una señora se persigna -al igual que muchos otros- al ver la Capilla Sagrado Corazón de Jesús.

Seguimos avanzando y el Centro Deportivo 18 de Septiembre, en donde está la escuela de fútbol de Colo Colo, se muestra con sus canchas atiborradas de personas. Más adelante sauces sin hojas, matas de moras, unas cuantas villas y comercios, como una pequeña ramada con un horno de barro, se encuentran a la orilla. Al fin, un edificio abandonado lleno de coloridos graffitis y una pandereta con un mensaje que dice “Felices fiestas patrias, Gabriel Silber”, me señalan que entramos a la Panamerica cinco norte.

Hay quienes afirman que en la variedad está el gusto y así lo confirma la diversidad de fábricas que hay en esta zona industrial (perteneciente a Colina, Quilicura, Huechuraba y Lampa), que a partir de este momento rigen la mayor parte del panorama. Algunas son recientes, no superan los dos años de construcción, pero hay otras como la Fábrica de Sanitarios Colina, que llevan varias décadas allí y son la fuente de trabajo de muchos. Sin embargo, aún quedan los últimos vestigios de la naturaleza, como plantaciones de totora que se convierten en artesanías, hechas y vendidas ahí mismo. O un potrero en el que pastan un grupo de caballos y que contrasta de sobremanera con un camión que transporta un cargamento de autos y que en ese instante se le cruza por delante.

A medida que avanzamos vislumbro sobre un gran letrero la figura del emblemático Michelín, las concurridas bodegas de la tienda Johnsons y la gran estatua color cobre de un cartero en bicicleta en el frontis del edificio de Correos de Chile, por nombrar algunos.
¡En la pasarela primera imbécil!”, se oye a un joven gritar enfurecido. Sin querer me fijo que un poco más allá unos hombres atraviesan corriendo la carretera y casi son atropellados por un camión. Esto explicaría la cantidad de animitas que hay lo largo del camino y que junto a la basura arrojada por los automovilistas adornan la Panamericana.

Las torres de la Cerveza Cristal
se imponen majestuosas y ello me indica que hemos llegado hasta el cruce de Quilicura. Con rapidez dejamos atrás fábricas y unos viejos departamentos y casi sin darme cuenta ya se extienden en el horizonte los típicos edificios de la gran ciudad y es entonces que el río Mapocho hace acto de presencia.




PRIMERA PARADA: PUENTE CAL Y CANTO

Una vez abajo del bus me dirijo al Metro. Sobre el negocio de La Reina del Mote con Huesillo, hay una caricatura de un hombre de barba blanca, que sostiene una jarra de cerveza y su sonrisa delata la falta de algunos dientes. Al instante, veo como el propio personaje de la imagen, sentado en el suelo, extiende la mano para pedir una moneda a los indiferentes transeúntes y con la otra afirma una lata con el mismo brebaje.

De fondo, cubierta prácticamente en su totalidad por el smog, apenas distingo la nevada Cordillera de Los Andes y los árboles del Parque Forestal también se asoman. Por su parte, la sucia agua del río corre con fuerza, arrastrando todo tipo de basura. Y las balaustradas del puente, que alguna vez fueron blancas, ahora viejas y destruidas por los años, son tapadas por los carritos de fritanga. Una camioneta de grandes ruedas está a las afueras del Centro Cultural Estación Mapocho, o simplemente La Estación Mapocho. Construida entre 1905 y 1912 y que en su tiempo fue la más importante red ferroviaria nacional, pero por estos días es la sede de la feria Monsters Trucks y el vehículo en su entrada es un ejemplo de la exposición.

“¡Arrollado primavera a cien pesos, el rico arrollado!”, vocifera un muchacho con rasgos orientales, el último vendedor ambulante que veré antes de entrar al Metro. Una vez en el suburbano apresuro el paso para llegar hasta los validadores, pero soy interrumpida por una ola de personas que me impiden avanzar. Ya en el andén el tren no tarda en aparecer, me subo, o mejor dicho, la gente me sube a empujones y aunque estoy allí sólo un minuto siento que me asfixio. En el segundo en que la sensación se agudiza, como por arte de magia la voz del conductor anuncia “Próxima estación Santa Ana, lugar de combinación a línea 5”, y enseguida las puertas se abren.

Desciendo y vuelvo a enfrentarme a una turba de personas que luchan por subir al tren en dirección a Vicente Valdés. La máquina relativamente nueva, marca la diferencia con sus viejos familiares de la línea 2 o con las súper modernas de la l. En Plaza de Armas una pareja de ancianos suben tomados de la mano y se besan cual si fueran jóvenes enamorados, a su lado una mujer le reclama al marido: “Seguro te quedaste trabajando anoche, no te creo. Déjame tranquila”, y cuando más interesante se pone la discusión el matrimonio baja en Baquedano. Por cada tres personas que salen del tren, unas seis forcejean por subir antes de que la omnipotente voz diga “Precaución se inicia el cierre de puertas”.

Unos escolares que ingresaron al tren escuchan reggaetón con su celular. Una de las pingüinas que está junto a mí empieza a menearse como si estuvieran en una pista de baile y sus amigas corean la canción sin importarles que todos en el vagón las observen. A pesar de que estoy divertida con el espectáculo, veo unas cerámicas rojas y recuerdo que debo descender. Llegamos a Irarrázaval.

SEGUNDA PARADA: ESTACIÓN IRARRÁZAVAL

Fuera de la estación camino hacia un paradero del Transantiago. Me topo con un camión que sale del edificio Parque Bustamante, en construcción desde el año pasado. Al llegar a la esquina tengo frente a mí la enorme ferretería llamada Punto Maestro, que pintada de amarillo y azul y con la gigantesca imagen de un obrero es imposible que pase desapercibida. La luz del semáforo se pone verde y aunque se supone que el peatón tiene preferencia, los vehículos que doblan desde Avenida General Bustamante, se creen los dueños de la calle y se abalanzan sin compasión.

La 507 se aproxima y, si bien hay otros recorridos, la gente pelea por subir a la micro. Dos, tres y hasta cinco pisotones recibo en menos de un minuto, luego es el turno de los empujones y por último un vendedor me pega en la cabeza con una caja al pasar. Vamos por la Avenida Grecia, rodeada por la Villa Olímpica (construida antes del mundial de fútbol de 1962), allí hay varios bloques de departamentos y casas de diferentes estilos (francés, inglés) y colores, con sus techos repletos de chimeneas y además algunos negocios.

“Estoy muerto. Estuve toda la noche estudiando. Te juro que no me puede ir mal en la prueba, si no me voy a echar el ramo”, le dice un universitario a su compañero que lo mira casi con compasión. Paramos frente al Estadio Nacional, coliseo del deporte, inaugurado en diciembre de 1938 y que en 1973 fue centro de reclusión y tortura. Famosa es también la estatua del discóbolo o el “Pilucho” como popularmente lo llaman, levantada para el mundial, punto de referencia para quienes van al estadio y que desde hace unos meses tiene por compañero a un Moai de cinco metros de altura.


Cuando por fin encuentro un asiento, la calle José Pedro Alessandri aparece de súbito e intersecta a Grecia. Mi viaje, al igual que el de muchos otros acabó. La universidad está a sólo unos pasos, que después de casi dos horas, se convierten en un simple detalle.












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