VAGABUNDO DE ESFERAS COLECTIVAS
El hombre moderno se desplaza entre flujos de personas y galerías de comercio. Se entrega a los manjares alimenticios, admira los avances tecnológicos y enloquece ante los precios bajos. Invierte y se divierte. Deambula por los espacios públicos, aquellos que sólo cobran vida cuando él pone en marcha sus pies a través de los pasillos, los ojos en los productos y la mano en el bolsillo.
Por Yasna Araya
Es extraño
ver una estación de Metro vacía en estos días. Un par de personas cargando su tarjeta bip! en las boleterías, tres más apoyados en las barandas metálicas que rodean todo el lugar. Bellavista de
El cruce entre el Metro y el mall es un espacio pensado en saciar los bajos instintos glotones del hombre. Pasteles, tortas, galletas artesanales, chocolates, helados, completos y papas fritas, son el mejor anzuelo para capturar a aquel viajante que –con dolor– debe contener su frenética mano que busca un billete en el bolsillo.
“¡Pañuelos!, lleve el pañuelo de moda señorita…”, dice un hombre regordete que ofrece sus coloridos atuendos con brillantes, mientras el varón de la competencia tienta a las damas con sus joyas de fantasía. Ambos tratan de conseguir un cliente que caiga ante su mercancía, sin cortar el rápido flujo del cruce.
En el subterráneo de Mall Plaza Vespucio, junto – o entre – al estacionamiento, existe un mundo que pocos conocen. Es el Underground, una especie de Eurocentro pero con menos tiendas y más recursos. En el centro, el piso está cubierto por un gran estampado donde cuatro rostros miméticos reflejan distintos estilos juveniles. El resto de los pasillos son baldosas negras y marfil, mientras que los muros están pintados con coloridas formas abstractas. Y para resaltar aún más este contemporáneo escenario, el techo se compone de focos circulares, un gran tragaluz, y en ciertos rincones cuelgan pequeños pero poderosos parlantes.
Huele a cigarro. Dos jóvenes mujeres han juntado un par de bancas de madera y fuman acostadas. Doy por hecho que es zona de fumadores, aunque bien poco podría hacer aquel guardia que coquetea con
una de las vendedoras de turno.
Muchos pasan de prisa y se miran al espejo que hay junto al estampado, tal vez buscan identificarse con alguna de las caritas pintadas. La mayoría fluctúa entre los quince y veinte años, visten tenidas urbanas y llevan bolsas de multitiendas. Un locutor en off presenta a Cold Play en radio Mall Plaza y entre la música que emerge, aviento una mirada rápida a las decoradas tiendas de comics, skaters, poleras estampadas, una pletórica de chapitas y atuendos animé y otra con grandes chaquetas, zapatillas vistosas y gorros de rapero americano.
Uno de los inventos más cómodos del hombre moderno son las escaleras mecánicas. En la superficie exterior, primer nivel, el flujo continúa. Las puertas de vidrio de Mall Plaza Vespucio se cierran y abren a cada segundo. Una fuerza interna, mezcla de no sé qué, te empuja al interior de este palacio del comercio. Tal vez sea el deseo de no quedar fuera de las corrientes que fluyen por los pasillos marfilados y brillantes.
El cliente es similar al que recorría Underground, aunque se incorporan otros de mayor edad. En las mujeres priman las carteras, las botas, y las chaquetas con pelos. Los hombres llevan maletines y chaquetas de cuero. Todos quieren comunicarse, me dicen los teléfonos celulares en sus oídos.
Conozco bien este lugar. También he sido de aquellos que flotan entre las tiendas con carteles luminosos y bellas vitrinas, y que se deja tentar por un cartel que enuncia algún porcentaje de descuento, tal como el que ahora me está guiñando el ojo. Algunos dicen que no es fácil transitar por este mall, con dobles caminos y salidas hacia donde quieras, algo así como un asterisco. Para facilitar y dirigir el tránsito, pilar por medio hay un guardia, con chaqueta roja, pantalones y gorro negro, siempre dispuesto a guiarte.
– Disculpe, ¿cuál es la heladería más cercana? – le pregunto para ponerlo a prueba –.
– Allá, hacia la puerta de entrada, y también aquí, subiendo la escalera hay otra. Yo le recomiendo la del segundo piso – responde el guardia –.
Agradezco su amabilidad y, además, debo admitir que tiene muy buen gusto en cuanto a helados. Al subir la escalera, negros sillones de cuero cobijan a cinco escolares que ríen con ganas. Dos integrantes del grupo se levantan y corren a abrazar a otros dos que salen cargados de bolsas de la tienda Adrenalin, similar a las del subterráneo, y a otras que abundan en el mall, y que comparten el mismo público.
“Conectividad total”, se lee en un panel de madera roja, del
que cuelgan seis enchufes distintos para cargar el teléfono celular. Junto a él, unida a él, una mujer cuenta y ordena las tarjetas de crédito en su billetera. Podría jurar que las tiene todas. No se ha dado cuenta de que su hijo se acaba de escapar y corre feliz por los caminos de marfil. Más allá, dos niños juegan con sus manos.
– ¿Eres escritora? – me pregunta con timidez uno de ellos –.
– No… pero si quieres te puedo escribir un cuento – le digo con una sonrisa, procurando no romper sus ilusiones –.
En eso vuelve el pequeño fugitivo y las madres de los tres niños retoman sus puestos. Mientras mi lector se despide meneando su dulce manito a lo lejos, mi mirada lo sigue hasta que choca con siete televisores planos que están en vitrina. Juntos proyectan una imagen casi más nítida que la realidad misma. Los numerosos transeúntes se quedan embelesados con los hermosos paisajes de Venecia, Las Vegas o Brasil.
El patio de comidas está en su hora punta y los vendedores, con sus gorritas que llevan el logo del local, se amontonan para preparar las bandejas. Más de algún cliente reclama porque su pedido tarda en llegar y otros amenizan la espera observando a los peces nadar en sus acuarios, dispuestos en el ala izquierda del recinto.
Al descender la escalera central, el intenso aroma del café cautiva a cualquiera. Starbucks Coffee se apodera de las papilas olfativas y gustativas de los tentados bebedores que no dudan en desembolsar dos billetes verdes, aunque sea po
r un vaso. Se respira un aire sofisticado y cultural, donde justo al centro convergen la galería del Museo de Bellas Artes, la sala SCD y Cinemark.
Las terrazas de Mall Plaza Vespucio son reconocidas por sus variados y exquisitos restaurantes, y por ser un agradable punto de encuentro. Tres hombres de cabello largo, poleras estampadas y pantalones rasgados, conversan y ensayan con instrumentos imaginarios el repertorio musical que presentarán el fin de semana. Más allá, unos quince pokemones observan la cartelera del cine, al mismo tiempo que una mujer treintañera y delgadísima se pasea con siete grandes bolsas de Gotta.
Entre la atmósfera de schop y carne asada, surge una escalera – también mecánica – con muros de piedra a los costados. En el segundo nivel, un puente de fierro y vidrio que une las terrazas con el mall, permite contemplar el tamaño de la infraestructura y a aquellos que gozan de esta cálida tarde.
Dejo atrás los olores de varios condimentos y regreso a los pulcros pasillos que huelen a frutilla. La radio Mall Plaza sigue entonando suaves acordes mientras un par de mujeres bucea entre los sweaters con descuento y otras modelan refinadas carteras frente al espejo.
Afuera el mundo sigue s
u curso y los hombres el propio. El sol reemplaza los focos blancos, autos y micros son la música ambiental, el asado muere ante la sopaipilla, el aire de frutillas se cubre con humo de cigarrillo y los pasillos de marfil se transforman en concreto gris. Se respira ciudad, velocidad y maní tostado del Nuts 4 Nuts.
“¿Y hasta cuándo espero aquí?, obligao a pasar con rojo no má po. Y si me atropellan, ¿quién responde?”, se queja un anciano que lleva minutos intentando cruzar la calle, pero el semáforo de Vicuña Mackenna Oriente jamás da luz verde. Prefiero pensar que está descompuesto y que no siempre ha sido así. En ese momento se quebranta la ley y – entre bocinazos – todos atravesamos esquivando los autos.
En la calle El Cabildo no hay distinción entre peatones y automóviles. Ambos circulan libremente, aunque a velocidad reducida. Este paseo comienza con una seguidilla de tres kioscos y sigue por una plaza que, además de rodear
Huele a incienso de lavanda y a palo santo. Un hombre construye hermosas flores con papeles violetas y scotch. Le siguen las velas, aros, anillos, guantes, gorros, cinturones, chalecos, y mil cosas más. “Pregunte no más señorita…”, me dice más de algún comerciante. Lo mismo sucede cuando leo las portadas de los diarios que enfilados bordean el
tronco de un árbol.
El reflejo del sol no permite ver la luz del semáforo de Vicuña Mackenna Poniente y otra vez el cruce ilegal. Un tumulto de voces y una reja de fierro azul, marcan la entrada al Centro Comercial 14. Los pasillos forman una “U”, son angostos y de tierra, pero han sido pisoteados tantas veces que son incapaces de expeler polvo. Los puestos son todos de madera y sus vendedores están de pie fuera de ellos para captar clientes. “¿Qué estay buscando flaca?”, me pregunta un joven muy alto, con la chasquilla liza sobre su ojo derecho y el rostro lleno de pierciengs. “Nada – pienso –, sólo escribo lo que me acabas de preguntar”. Jamás conocerá mi verdadera respuesta.
Se está abriendo un nuevo local y todo el centro comercial huele a pintura fresca. No es fácil transitar cuando tantos jóvenes, ninguno con más de 17 años, contemplan boquiabiertos cómo uno de sus amigos se tatúa la espalda. No me sorprende – y se agradece –que los precios más altos de este centro, sean los más bajos en la mayoría de las tiendas del mall. Llego a la salida y me pregunto ¿qué querrá este pequeño perro color café para que me haya seguido todo el camino?
Vuelvo a atravesar el lado Poniente con luz roja. Unos hombres cuelgan un gran lienzo que enuncia el mundial de fútbol femenino 2008, cuya sede es
Las escaleras, la goma quemada, los cuatro caminos. Ahora escojo la salida a la conexión intermodal. Arrollado primavera, cuchuflín y chocolates, me indican que todavía no concluye el comercio. Me subo a una micro, creo que es
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